El marcador señala un 5-4 ya en la tercera manga; un juego más bastaría para cerrar el encuentro. A continuación, sobre la misma pista, la final masculina. ¿En qué se diferencian ambas finales? En absolutamente nada. ¿En qué se diferencia el reconocimiento de su esfuerzo? Dependiendo del torneo, en absolutamente todo.
Llevan ya una hora y cincuenta minutos de partido. María (una jugadora del circuito profesional que no quiere ser identificada y a la que atribuimos un nombre genérico) se prepara para sacar, pero no puede. El público no se lo permite. «Silencio, por favor» repite el árbitro cuatro veces ante los gritos y silbidos procedentes de una grada abarrotada.
En el estadio retumba el eco de los 35 millones de jugadores amateur con los que cuenta actualmente la modalidad. Para ellos, el pádel ya no es una moda, sino un deporte que ha llegado para quedarse. Para ellos, dentro de la pista no hay espacio para el género, la edad o la raza, sino únicamente para la conexión humana.
En breve se escuchará al presidente de la Federación Internacional de Pádel (FIP), Luigi Carraro, expresar justamente que «ningún otro deporte en la historia ha crecido y se ha expandido tan rápidamente como el pádel»; que ya se han alcanzado las cien federaciones en los cinco continentes y que, «a día de hoy, la modalidad cumple todos los requisitos para ser olímpica». A su lado, Nico Cruz, coordinador de la Estrategia de Comunicación de la FIP, respaldará la importancia de llevar el pádel «a cada vez más países, hacerlo más internacional, más cercano a la gente, para que surjan nuevos jugadores en todas las partes del mundo».
Comparación entre la distribución mundial de jugadores de pádel en 2025 (negro) y en 2024 (gris), según los datos de FIP World Padel Report 2024 y 2025
Con la mirada puesta en 2032, la federación internacional es consciente de que el camino hacia el monte Olimpo se sostiene con las mismas dos piernas: la masculina y la femenina. Por ello, no perderá ninguna oportunidad de lucir su intención de «crear un entorno de igualdad de oportunidades, independientemente del género».
Una convicción reforzada por un pasado reciente que señala con claridad la única dirección posible: han sido necesarios 124 años para que, finalmente, en los Juegos Olímpicos de París 2024 se alcanzara por primera vez la plena igualdad y paridad de género.
¿Qué puede aprenderse de ello? Que, si bien el evento ya destacaba por celebrar las finales masculina y femenina en el mismo día y por reconocer idéntico mérito al otorgar las mismas tres medallas a mujeres y hombres, ahora también sobresale por garantizar las mismas oportunidades de acceso a la competición: durante 19 días Francia reunió a 5.250 atletas masculinos y 5.250 atletas femeninas.
A partir de ahí, ya no hay vuelta atrás.
El pádel todavía es un deporte joven –con menos de un siglo de historia–, pero sus objetivos son ambiciosos. Y quizá sea precisamente su juventud la que le otorgue la plasticidad necesaria para dejarse moldear por las manos de una sociedad en la que destacan valores como el respeto, la igualdad y la dignidad humana.
Tal vez sea también esa misma juventud la que le permita desprenderse de los estigmas del pasado y comenzar a escribir nuevos precedentes en lo que respeta a la presencia femenina en el deporte profesional. A esa esperanza se aferran las jugadoras, ya sea porque defienden la justicia individual, ya sea porque confían en el discurso de la FIP en plena escalada hacia el Olimpo.
El partido prosigue. Los ánimos se tranquilizan y María ya puede sacar. Bota la pelota una, dos, tres veces contra el suelo antes de golpearla. Apenas tenía cinco años cuando sus padres la apuntaron a clases de pádel. Poco podía imaginar entonces que aquello que al principio entró en su vida como una actividad para mantener el cuerpo y la mente sanos acabaría convirtiéndose, años más tarde, en su profesión y en su estilo de vida.
El trayecto no ha sido fácil, pero ahora se encuentra en una posición considerable del ranking. Para llegar hasta este punto, empezó sus andaduras en los campeonatos nacionales para luego dar el salto al circuito internacional. Con todo, reconoce la fortuna de haber crecido en España, uno de los países con mayor tradición de pádel, donde –asegura– siempre encontró las puertas abiertas.
Detrás del remate de la jugadora hay una federación que la ampara. En los despachos de la FIP se redactan hoy directrices que alientan a las federaciones nacionales a promover «la igualdad en los premios en metálico en sus competiciones nacionales» como vía para aumentar la participación femenina.
Sin embargo, la realidad a pie de pista demuestra que algunas de las federaciones no han necesitado la motivación olímpica para asegurarla, sino que llevaban años avanzando en esa dirección. Mientras países como Gran Bretaña, Francia o Portugal ya reflejaban esa sensibilidad en sus normativas, la Federación Española de Pádel (FEP) ha convertido la igualdad en una de sus señas de identidad.
Con un número creciente de licencias federativas expedidas (117 508 en 2025 –8 468 más que en 2024–), desde dentro de la institución, su vicepresidente, Jesús Vázquez, lo explica con claridad: «En todo momento, toda la actividad que desarrolla la FEP se rige por la igualdad a todos los efectos, tanto en categoría masculina como femenina». Desde los torneos de menores, sénior y veteranos hasta las selecciones nacionales, «todas las competiciones discurren de forma paralela en masculino y femenino, y el trato entre ambos es idéntico en todos los ámbitos: logístico, deportivo y estructural».
El compromiso de la FEP con el deporte femenino profesional va incluso un paso más allá. La federación cuenta con una línea específica de apoyo: las becas del programa Mujer y Deporte, desarrolladas en colaboración con Iberdrola, y dedicadas única y exclusivamente a las atletas femeninas.
Pero el esfuerzo por equilibrar las oportunidades de acceso no se limita al plano nacional. Al sur del país, la Federación Andaluza de Pádel (FAP) es otro referente de este cuidado: «El pádel va siempre creciendo y nosotros seguimos avanzando y adaptándonos a la velocidad que el juego y el deportista nos va indicando», comenta Francisca Rojas, la vicepresidenta de la institución.
Ante el talento que brota en la fértil tierra del sur, la federación andaluza se centra no solo en las categorías de absolutos, veteranos y clubes, sino que también pone el foco en equilibrar la balanza desde las edades más tempranas. Lo hace a través de la categoría de menores y de programas de becas en los que las cuantías económicas son exactamente las mismas para chicos y chicas.
Un modelo que busca trasladar la igualdad del discurso a la práctica desde los primeros pasos en la competición.
María lanza la pelota al aire y ejecuta el saque. Tras el resto, una salida de pared. La respuesta es un paralelo, seguida de un globo a la espalda, un revés al rincón y un cruce de lado a lado con un ángulo imposible de sostener. El 40-30 está hecho.
Ahora, a punto de sacar para cerrar el partido, le viene a la cabeza todo el esfuerzo realizado: su cuerpo carga con todas las horas acumuladas en la pista, los entrenamientos diarios –dobles, cuando no triples–, los largos y constantes viajes que desgastan un físico obligado a readaptarse a husos horarios en permanente cambio; todos los gastos en hoteles, las tasas de inscripción en los torneos, la decisión constante de si llevar o no al entrenador, las sesiones de fisioterapia y nutrición; su alma arrastra el peso del sacrificio de estar lejos de la familia, de los cumpleaños y celebraciones perdidas, de la renuncia a una vida social…
«Tiene que merecer la pena», se repite para sí misma.
Respira hondo, saca y puntúa.
Fin del partido y del torneo.
A su lado y frente a ella están Ángela, Ana y Rita (nombres también ficticios), tres jugadoras profesionales que han recorrido el mismo camino para llegar hasta aquí. Aunque sus orígenes sean distintos (una viene del tenis, otra del baloncesto y otra del fútbol, respectivamente), todas han afrontado las mismas exigencias y realizado los mismos esfuerzos y sacrificios para seguir una carrera deportiva profesional.
De hecho, en unos minutos, cuatro individuos masculinos saltarán a la pista con el mismo peso sobre los hombros, el mismo trabajo hecho y la misma ambición de convertirse en los número uno del mundo del pádel. Su final será exactamente igual a la anterior: la bola pasará de un lado al otro de la red y el marcador será el único capaz de definir quién gana y quién pierde.
Pero entonces, si el reglamento es igual y el individuo F cumple exactamente los mismos requisitos que el individuo M, ¿por qué no recibe los mismos premios en todos los torneos?
Esa es la gran incógnita que no deja de rondar por la cabeza de las jugadoras.
Ángela, una de las más veteranas, se detiene un segundo para asimilar la vitoria. Tras poner fin a una carrera en el tenis, encontró en el pádel una oportunidad de saciar el «gusanillo de entrenar y de competir» y para ella todos los partidos se sienten como si fueran el primero.
Actualmente, reconoce que el pádel «ya es un estilo de vida, ocupa todo el tiempo», y a lo largo de su carrera ha podido acompañar la evolución de los circuitos profesionales –desde Pro Padel Tour (PPT), a World Padel Tour (WPT) y, a día de hoy, Premier Padel (PP)–, percatándose de un factor común a todos ellos: «Los hombres están aquí», lo dice levantando una mano a la altura sus ojos, «y la mujer está abajo en lo que se refiere a sueldos».
Si el torneo acabado de disputar hubiera sido del Cupra FIP Tour (el circuito secundario y coordinado exclusivamente por la FIP), Nico Cruz le habría asegurado que el panorama está cambiando, que «todas las decisiones que pueden tomarse en pos de la igualdad se toman», por lo que los premios se habrían distribuido de forma equitativa en ambas categorías.
Es más, incluso habría afirmado que, si hubiera ocho partidos de cuartos de final, tres masculinos y tres femeninos se programarían en la pista central, mientras que uno masculino y uno femenino se disputarían en la pista secundaria, garantizando así una asignación de pistas y una visibilidad igualitarias. Y, muy probablemente, habría asimismo citado el Campeonato Mundial por Selecciones de Catar 2024 como ejemplo de una competición en la que la FIP apostó decididamente por la igualdad de premios y la paridad en la composición de los equipos, en línea con los principios promovidos por los Juegos Olímpicos de París 2024.
Pero ese no ha sido el caso. La final disputada pertenece a Premier Padel (PP). Más concretamente un torneo P1, lo que significa que hoy las campeonas se irán a casa con un 35,3% menos de premio que los campeones.
De las tres categorías que conforman el circuito, solo una ha asumido el compromiso de equiparar los premios económicos a partir de 2026: los cuatro torneos Major (las citas de mayor prestigio del calendario). Una declaración de intenciones que, por el momento, no encuentra reflejo en su propio Rulebook.
Mientras tanto, en los diez torneos P1 y los diez P2, la brecha permanece vigente. No se trata de una situación circunstancial, sino de una decisión de Premier Padel avalada por la Federación Internacional de Pádel, dado que esta tiene asiento en la mesa directiva del circuito, junto con el fondo de inversión Qatar Sports Investments (QSI).
¿Pero por qué se ha decidido que el valor del esfuerzo deportivo del individuo F sea inferior al del individuo M en esos torneos? ¿Acaso cambia algo entre ellos? La respuesta es unánime entre las varias jugadoras, jugadores y entrenadores: no.
Entre ellos, Javi Peña, director de la academia La Red 21, lo afirma rotundamente: «no hay diferencia, realmente el esfuerzo y los requisitos son los mismos en todos los torneos y entre la categoría femenina y masculina».
Dentro de la cancha son las mismas reglas del juego, las mismas condiciones de pista, la misma puntualidad, los mismos tiempos de descanso, los mismos tres minutos para ir al baño o para cambiarse de vestimenta (que, además, debe atender a las mismas normas en ambas categorías), el mismo código de conducta y las mismas penalizaciones.
Fuera de la cancha: los mismos gastos en entrenamientos, fisioterapia y todo lo que conlleva la profesionalización del individuo; los mismos costes en viajes, hoteles, tasas de inscripción y licencias federativas; el mismo cuidado y atención en su conducta y declaraciones públicas para que estas no afecten la imagen del circuito ni de la federación.
Aun así, llegados a este punto, todo el esfuerzo del individuo femenino parece desproveerse de significado.
En la mirada de Ángela se trasluce un descontento matizado por cierto conformismo, fruto del cansancio de esta vieja narrativa. Tras haber pasado por circuitos donde esa desigualdad también era palpable, las jugadoras esperaban que Premier Padel, nacido en la segunda década del siglo XXI y en una sociedad cada vez más atenta a los derechos de las personas, aportara un soplo de aire fresco al deporte femenino. Pero no ha pasado de una ilusión.
Cuando concluya la final masculina y se proceda a la entrega de premios, Ángela y María recibirán sus trofeos de manos del presidente de la FIP; una entidad comprometida con la igualdad, que alienta a las federaciones nacionales a seguir ese mismo camino y que aspira a ser signataria de la Declaración de Brighton, y que, sin embargo, sus discursos resultan contradictorios desde el mismo minuto cero del circuito, en 2022, cuando aprueba la existencia de la brecha en los premios en su normativa.
Una vez más, cuando el dinero entra en juego y el negocio eclipsa al deporte, la tensión aumenta y la mirada se enturbia. El problema es que quienes dictan las normas están fuera de la pista y en lugar de llevar ropa deportiva, llevan traje; en vez de sujetar una pala, sostienen un bolígrafo con el que firman cheques y contratos. Estos últimos capaces de condicionar toda una carrera deportiva.
Escarbando en la memoria de las jugadoras, tanto María como Ángela recuerdan el año 2023 con sabor agridulce. En ese momento, ante la inminente desaparición del entonces circuito profesional principal WPT, Premier Padel movió sus fichas. Tras un año de competición solo masculina, decidió presentar su propuesta al cuadro femenino.
Quienes vivieron aquellos días recuerdan que las condiciones de negociación fueron más bien áridas: un documento de larga vigencia, redactado en inglés, de difícil acceso –hasta el punto de que hoy nadie parece disponer de una copia– y presentado con un plazo exiguo para su valoración.
La decisión no fue unánime. En los pasillos de la Asociación Internacional de Jugadoras Profesionales de Pádel (IPPA) –organismo creado a principios de ese mismo año con la intención de facilitar el diálogo entre el circuito y las deportistas, y a través del cual se negoció el contrato–resonaban las voces de quienes consideraban que aquella firma supondría hipotecar no solo sus carreras, sino también la de las generaciones venideras.
Ana y Rita son dos jóvenes que aspiran a convertirse en jugadoras profesionales. Por aquel entonces, cuando llegó el momento de firmar el contrato, ni siquiera llegaron a leerlo y depositaron toda su confianza en sus representantes. Tampoco parecía haber muchas alternativas para quienes soñaban con abrirse camino entre las mejores. Al fin y al cabo, el monopolio del circuito impone que, para competir al máximo nivel y aspirar al número uno, hoy en día no existe otro camino que Premier Padel.
Al volver la vista atrás, varias profesionales se preguntan qué habría ocurrido si hubieran rechazado aquella primera propuesta y hubieran aguardado un poco más. «Al final, si la federación aspiraba a que el pádel fuera olímpico, la presencia femenina era obligatoria. Quizá podríamos haber presionado un poco más con los premios en metálico para acercarlos a la igualdad».
No obstante, el eco de la amenaza de perder una temporada en el circuito principal y la certeza de que «vivir de los torneos del Cupra FIP Tour no es viable, puesto que los premios no compensan los gastos» terminaron por acallar las voces discrepantes. El resultado final se tradujo en la firma de un contrato de vigencia superior a veinte años y en el que ya se hacía patente la desigualdad en los premios.
Ahora, mientras la IPPA impulsa la profesionalización del pádel femenino y acompaña a las jugadoras en cada torneo para garantizar su bienestar, una parte sustancial de su labor sigue centrada en combatir esa brecha.
Si bien es cierto que poco a poco se perciben avances hacia la igualdad, persisten las dudas sobre los posibles conflictos de interés que plantea una asociación cuya junta directiva está integrada por las propias jugadoras en activo. En lugar de concentrarse únicamente en su rendimiento deportivo, estas jugadoras terminan dedicando parte de su tiempo y atención a la gestión de asuntos de esta índole, con el condicionante añadido de que cualquier decisión puede influir directamente en su propia carrera profesional.
En pleno siglo XXI, el respeto y la dignidad humana ni siquiera debería ser objeto de debate. El trabajo de los deportistas profesionales debería reconocerse por igual en ambas categorías cuando las exigencias y los requisitos deportivos son los mismos.
Quien observa desde el centro de la pista contempla un pabellón repleto de publicidad. En las pantallas que rodean la cancha van pasando los logotipos de los varios patrocinadores: Adidas, Qatar Airways, Wilson, Bullpadel, Head... En los banquillos de los jugadores, las neveras de Red Bull. En uno de los rincones, un coche, por norma de la marca Cupra.
¿Serán todas empresas conscientes de que están asociando su imagen a un torneo que perpetúa la desigualdad económica entre el masculino y el femenino?
¿Serán igualmente conscientes de que muchas aficionadas y consumidoras empiezan a mirar esas marcas con otros ojos?
Si los promotores y los patrocinadores de los torneos hubieran planteado descuentos específicos para el individuo F, podría haberse abierto otro tipo de debate. Si el circuito hubiera propuesto reducir las tasas de inscripción en los torneos femeninos o conceder ayudas específicas, también podría haberse abierto otro tipo de debate. Si la propia sociedad, hubiera establecido ayudas o facilidades en los servicios básicos que consume el individuo F, igualmente podría haberse abierto otro tipo de debate.
Pero no ha sido así. En ningún momento se ha sostenido que el individuo F pague menos por los bienes y servicios que consume o que su estilo de vida sea menos costoso que el del individuo M, como para justificar que reciba una remuneración inferior por su trabajo. Nada de eso. Ellas afrontan los mismos gastos que ellos, se esfuerzan lo mismo que ellos y se sacrifican lo mismo que ellos; por tanto, por lógica y coherencia, sus premios deberían ser iguales.
Para María se trata de «justicia individual; que el tema deportivo sea justo, que el ranking refleje realmente la posición o el nivel al que estamos jugando, porque cada vez somos más profesionales, pero nuestro esfuerzo no se está viendo tan recompensado a nivel económico».
Como ella, otras jugadoras equiparan su esfuerzo a luchar contra una pared. Y esa pared es la que levanta los despachos de Premier Padel, donde todavía resuena la vieja narrativa de que el deporte masculino genera un mayor espectáculo y atrae a más audiencia y que, por ende, le corresponde una retribución superior.
Pero el salto competitivo que ha experimentado el pádel femenino es innegable. Dotado de un ritmo propio y cada vez más frenético, más intenso, rápido y agresivo, las jugadoras no son las únicas en coincidir en que esta evolución «está atrayendo a muchas más personas al pádel femenino», no solo dentro como fuera de la pista.
En la grada hay todo tipo de perfiles: desde quienes juegan al pádel –como hobby o sueñan con dedicarse a ello profesionalmente– hasta quienes simplemente disfrutan siguiendo esta modalidad. Sin embargo, las opiniones parecen coincidir en que «la belleza del pádel no reside en la intensidad, sino en la inteligencia con la que se juega».
Los propios aficionados reconocen que los partidos masculinos «llaman la atención por la velocidad, los remates y la potencia. Pero los femeninos enganchan por la variedad de golpes. Sobre todo, quienes jugamos al pádel aprendemos mucho más de técnica y táctica viendo jugar a las chicas. Entiendes por qué han hecho un globo y no una víbora. Además, te atrapa porque te entran ganas de intentar esas mismas jugadas la próxima vez que saltas a la pista con amigos».
No obstante, la mayoría de los promotores parece no percibir el potencial de enganche que tiene el pádel femenino y siguen argumentando que no alcanza para llenar estadios. Pero ¿cómo va a hacerlo si sus partidos se programan un jueves a las nueve de la mañana cuando la mayoría del público está trabajando? Incluso «un domingo a las nueve de la mañana no es lo mismo que un domingo a las once o al mediodía», reflexiona Ángela, tras haberlo vivido en la piel.
Tampoco es lo mismo jugar en una pista central que en una secundaria, especialmente cuando el partido se sigue desde casa, donde a menudo no hay narración y solo se cuenta con una única cámara estática. Un escenario que, en opinión de muchos aficionados, «resulta tedioso». Además, en los torneos de Premier Padel se observa una clara tendencia a poner los partidos femeninos en pistas secundarias, incluso cuando, por ranking, deberían disputarse en la pista central.
Y, por otro lado, ¿cómo conseguir que la grada se llene si, con un circuito cuyo principal propietario es Qatar, se disputan numerosos torneos en esa zona? «No podemos luchar contra la cultura. Cuando fue la final femenina del Mundial por parejas 2025, en Kuwait, las gradas estaban vacías, pero en Kuwait, si la gente no va o no tiene interés por las mujeres en general…», apunta María.
En el horizonte empieza a emerger la Pro Padel League (PPL), la primera liga profesional de pádel por equipos. Fundada en 2023 en Estados Unidos, se inspira en el modelo de franquicias de la NBA y la NFL, lo que está despertando el interés de las jugadoras al prometer una mayor estabilidad a través de salarios fijos.
Sin embargo, las fricciones institucionales no han tardado en aparecer. «Cuando llegó la propuesta de la PPL, Premier Padel empezó a ponernos problemas», explica María. La situación contractual deja a las jugadoras en un estado de impasse dado que «Premier Padel exige un compromiso total; habíamos firmado un MOU que, debido a las cláusulas de exclusividad, nos dificulta confirmar a la PPL nuestra presencia».
Aun así, María reconoce que este nuevo formato podría suponer una disrupción en la forma de entender el pádel al ofrecer garantías que permitan a las deportistas dedicarse plenamente a su carrera sin depender exclusivamente de los resultados de cada torneo. Una nueva forma de concebir esta modalidad, que se aleja cada vez más de sus modelos actuales, inspirados en el tenis.
El pádel femenino necesita su reconocimiento. Dentro de la pista no hay espacio para diferencias ni desigualdades, o al menos no debería haberlo. Al cuerpo femenino se le exige exactamente lo mismo que al masculino, y ambos sostienen con la misma entrega el peso de esa exigencia. Los viajes, los gastos, la distancia de la familia y seres queridos son parte común del camino de quienes aspiran a ser profesionales. Todos esos pasos no son invisibles, sino esenciales para llegar hasta la pista. Una vez dentro y comenzado el partido, el único que debe hablar es el marcador, pues es el único capaz de definir quién gana y quién pierde, y su lenguaje es idéntico para todos. Por consiguiente, los premios también deberían serlo.
En este punto, «no queda otra que seguir luchando para que la situación mejore», coinciden las jugadoras. La IPPA hace lo que puede. El público las apoya, reconoce su esfuerzo, defiende la igualdad en los premios y admite que pagaría una entrada para asistir a torneos exclusivamente femeninos. Cada vez hay más adeptos, cada vez el pádel femenino despierta más interés.
Ahora solo queda que la FIP haga corresponder sus acciones con sus palabras. Si quiere posicionarse como signataria de la Declaración de Brighton y Helsinki, tal y como recoge en su Política de Igualdad de Género 2025-2028, debe actuar con coherencia en todos sus circuitos. Solo entonces el pádel podrá presentarse ante el mundo como un verdadero referente de igualdad y paridad en el deporte contemporáneo.
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